Ese boyscout que todos llevamos adentro

Recientemente en el edificio en el que trabajo se realizó un cambio en la programación de los ascensores, de tal manera que unos atendieran los pisos pares y otros los pisos impares, pero que los pisos de uso común fueran atendidos de manera indistinta por cualquier ascensor. Esto creó bastantes confusiones el primer día, ya que para elegir el apropiado era necesario tener una muy buena orientación.

Resulta que el segundo día después de inaugurado el cambio, al llegar de almorzar noté que en el piso en que trabajo habían unos letreros sobre los botones del ascensor que explicaban que pisos atendía, y un señor con morral al hombro y la identificación de visitante los veía fijamente... miraba los de un lado, luego miraba los del otro, cambiaba de ascensor y miraba de nuevo.

Pensé que se trataba de un mensajero que estaba perdido e inmediatamente dije para mis adentros “pobrecito, si es difícil para nosotros los habituales residentes de este edificio, mucho más para los visitantes” y me detuve unos momentos para ver si podía ayudarle.

Me acerqué y le dije: “buenas tardes señor, ¿puedo ayudarle en algo?”... “no, muchas gracias” me contestó, “estoy mirando si me quedaron bien pegados los letreros” puntualizó.

Y sin más, siguió ensimismado en lo que estaba.

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