Ultrajado

Existe una antigua historia corta conocida como "El Ladrón de Hachas" [google] que con frecuencia se usa para demostrar cómo las apariencias engañan, nos hacen realizar juicios falsos y hasta tomar decisiones equivocadas. El origen de la historia se le atribuye al famoso "Anónimo" y con menor frecuencia a "Lie Yukou" o a "Lie-dze".

Creo que el cuento debe su éxito principalmente a que es un tema universal, fácil de narrar y con una moraleja evidente, pero diría que su universalidad predomina sobre lo demás, pues en la práctica todos sacamos conclusiones a la velocidad en que nuestros ojos nos lo dictan y vivimos confiados en que nuestros ojos nunca se equivocan.

Siempre creí que "no podemos juzgar primero a lo malo" se trataba de una enseñanza muy sólida, hasta que un buen amigo mío recientemente vivió en carne propia una versión de El Ladrón de Hachas, pero con lo que Hollywood llamaría "a twist".


"Dos almuerzos por favor" dijo, y el mesero salió de inmediato rumbo a la cocina. Era un día agradable y brillante; el intenso sol había hecho posible una muy necesaria pequeña tarde primaveral que era necesario disfrutar tomando el almuerzo lejos de las cuatro paredes de la oficina.

Se trataba de un restaurante pequeño, de comida sabrosa y situado en el marco de un parque colonial que conservaba algunos árboles centenarios. No era un restaurante cerrado, era, por así decirlo, un restaurante al aire libre.

Ya mi amigo Román Rascado y su esposa Auar, estaban disfrutando del almuerzo, cuando lentamente un hombre extraño, de apariencia decente pero evidentemente forastero, se acercó a la mesa y les interrumpió:

- Discúlpeme señor, porque sé que le estoy incomodando, pero nunca en la vida me había sentido tan ultrajado...

El hombre vestía como un campesino, hablaba como un campesino pero angustiado, se movia como un campesino, sus manos eran las de un hombre que cultiva la tierra y sus ojos, secos al principio, al proseguir el relato no pudieron contener el llanto:

- Mi mujer y yo vinimos a la clínica para una revisión, debido a que ella hace poco perdió nuestro bebe. Pero al salir de la consulta, unos hombres se nos acercaron en la calle y le robaron a mi esposa el bolso y huyeron.

Partía el corazón el verlo llorar; pero con una fortaleza atribuible únicamente a un campesino, entró en compostura y las lágrimas dieron paso a la indignación, sin duda era un campesino el que hablaba, y esa palabra "ultraje" seguía resonando... esas sólo podían se las palabras de un campesino, sus ademanes y palabras no eran las de un farsante.

- Yo los perseguí hasta donde pude, aun sabiendo que podrían hacerme daño, pero no tenía otro remedio pues en ese bolso estaba el dinero de los pasajes de regreso hasta la terminal y luego desde allá hasta el pueblo.

"Un momento", pensó mi amigo cayendo en cuenta de lo que sucedía, "yo ya sé dónde termina ésta historia" y justo en ese instante el campesino finalizó la frase tal como Román lo sospechaba.

- ... para saber si es posible que me regale algún dinero para regresar al pueblo.

¿Podía ser un engaño?, es posible, algunos pícaros viven de engañar con este tipo de mentiras, pero en este caso no podría ser, se trataba de un campesino... ¡un campesino! , un hombre que merece toda nuestra humanidad y mucho más en semejante situación tan desastrosa.

Sin embargo un pequeño asomo de duda forzó a Román a mirar a su esposa Auar antes de tomar alguna decisión, y ella con sus ojos le expresó que sentía, sin temor a equivocarse, que se trataba de un campesino real a quien le estaba pasando una situación terrible.

Así las cosas Román fue generoso y luego de darle dinero, lo envió con el mesero para que le empacaran dos almuerzos al campesino, quien dando las gracias con lágrimas en los ojos y demostrando gran humildad, se alejó del local.

Román y Auar no cabían en la ropa de su alegría, sabían que habían hecho una obra magnífica, y terminaron el almuerzo sin necesidad de postre, porque su corazón nadaba en la dulzura de sentir haber ayudado a quien lo necesita.

. . .

Diez días después del suceso, Román y Auar regresaron al restaurante al medio día y ya estaban en medio del almuerzo cuando lentamente un hombre familiar, de apariencia decente pero evidentemente forastero, se acercó a la mesa y les interrumpió:

- Discúlpeme señor, porque sé que le estoy incomodando, pero nunca en la vida me había sentido tan ultrajado...

Ese hombre era el mismo que habían visto diez días antes, pero ahora no era un campesino, es más, ahora era la caricatura de un campesino, hablaba diferente a un campesino, se movía de manera extraña, sus manos carecían de los rasgos de las de un hombre que cultiva la tierra y sus ojos, aunque con llanto, eran realmente los ojos de un farsante.

Por eso, sin dar espacio a ningún tipo de explicación, Román dijo: "¡no hay nada!"

El supuesto campesino no les había reconocido y como quien ha sido injustamente maltratado, dijo algunas palabras entre dientes y sin la menor seña de humildad, caminó hasta el restaurante de enfrente para abordar una pareja que allí estaba.

"Que desfachatez y que falta de vergüenza la de éste hombre... Que ingenuos fuimos", pensaron Auar y Román al momento de entender lo que les había sucedido, y ese sentimiento de rabia y de indignación que tenían en sus corazones, irónicamente podía ser perfectamente descrito diciendo: "nunca en la vida me había sentido tan ultrajado".





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