La Historia De Las Gafas

Hace mucho tiempo que me pasó esto historia, pero aún tengo un recuerdo muy vívido de todo lo sucedido, bueno, todo excepto el año exacto, eso gracias a mi "estupidez numérica", pero bastará con decir que era mil novecientos noventa y algo.

Para esa época estaba en el colegio y disfrutaba mucho de estar allí, no tenía muchos amigos pero los que tenía eran los mejores que podía tener.

Era un jueves, lo tengo muy claro porque precisamente los jueves durante cuatro años seguidos tuvimos clases todo el día; también recuerdo que eran eso de las 3:30 de la tarde y estábamos en medio de una clase tremendamente densa porque abordaba temas muy matemáticos... en fin, el caso es que en medio de mi aburrimiento pensé que podría ser relajante de pegarle en la oreja a cierto compañero.

Juan David, que así se llama el sujeto en cuestión, tenía esa conformación física de las orejas que se presta de manera perfecta para que uno pueda molestar, así que sin miramientos me coloqué en la silla de atrás de donde él estaba y comencé a golpearle la oreja derecha de manera intermitente.

El, en parte por la buena amistad que compartíamos y en parte por lo concentrado que estaba, lo toleró un par de veces, pero en una de tantas sin mediar palabra volteó y me dio un golpe tan fuerte en medio de los ojos que inmediatamente me reventó la nariz y rompió en dos las gafas que yo traía puestas.

Luego vino el ardor en el tabique, y en el espacio que va desde que pasa el atontamiento hasta que baja la sangre, alcancé a escuchar dos "¡uy!", un "tssss" y medio "¡ah!" ... ya con la sangre en la cara, pues me levanté y de manera pausada salí del salón mientras a mi espalda escuchaba a la gente decirme "eso, hágalo echar", otros más le decían a Juan "uy, que problema, ahí va para donde el rector" y otro con ganas de divertirse que me gritaba "cascálo, no te dejes" y en fin.

Yo por mi parte iba a hacer lo que obviamente hay que hacer en estos casos: estancarse la sangre con agua fría en el baño. Un compañero me llevó las gafas que con el impacto habían caido al suelo y allí estuve unos 10 minutos.

¿Y sabes que hice?, pues simplemente cuando se me estancó la sangre fui a ofrecerle excusas a Juan David... ¿porqué?... porque pese a lo buenos amigos que fuéramos, uno no todos los días está para que lo estén molestando. Le ofrecí excusas y el las aceptó, escuché sus escusas y las acepté, y seguimos siendo amigos, sin teatro, ni escándalo... simplemente entendiendo al otro.

Aprendí mi lección... no importa la buena intención que tenga, de vez en cuando me estrellaré con las personas, porque no todo el mundo está happy todos los días, ni uno puede tratar a todo el mundo como se trata a uno mismo. Tengo muchas historias así: una vez asusté a un compañero que estaba sentado en el borde del balcón de un cuarto piso y descubrí que él sufría del corazón... casi se desmaya.

En fin, lo importante creo yo era aprender la lección.

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